Todos hemos leído o escuchado en diversos medios de comunicación, incluso lo hemos visto en algunos centros comerciales, que las bolsas de plástico convencionales se dejarán de dar en un futuro cercano debido al gran impacto sobre el medio natural que provocan los residuos mal gestionados de estas bolsas. Este impacto se debe, sobre todo a su persistencia en el medio: más de 100 años.
Sólo el 10% de estas bolsas acaba en los contenedores amarillos, el resto acaba su ciclo en los vertederos o en los mares, de ahí la importancia del problema. Recordemos el descubrimiento de Charles Moore, hace 12 años, cuando navegaba con su catamarán por el Pacífico: descubrió el mayor vertedero del mundo en forma de isla, compuesto fundamentalmente por plásticos de todo tipo y cuya extensión puede ser hasta 3 veces España. Sin mencionar los restos de bolsas de plástico que han servido de alimento de la fauna marina y terrestre.
En España, el Plan Nacional Integrado de Residuos se ha propuesto reducir el consumo de estas bolsas en un 50% para el 2010, pues a partir de entonces deberán ser prohibidas progresivamente. Pero siendo España el primer productor europeo de bolsas de plástico “de un solo uso”, ¿realmente se cumplirán las predicciones del Plan, no siendo éste una norma de estricto cumplimiento?
Conocemos la peligrosidad de las bolsas de plástico como residuo muy nocivo, pero este problema tiene fácil solución si “todos” ponemos nuestro granito de arena. Y a “todos”, me refiero a los organismos públicos principalmente, a las empresas productoras y consumidoras de este producto y al sector de la educación ambiental, además de al ciudadano de a pie. A día de hoy existen varias empresas dedicadas a la fabricación y comercialización de bolsas de plástico biodegradables, hechas de bioplásticos cuya materia prima es la fécula de patata (recurso renovable). De hecho, estas bolsas ya se están utilizando en determinados centros comerciales, pero previo pago, ya que aún no son gratuitas, algo que puede tener dos lecturas: enriquecer al empresario a costa de la buena intención del consumidor, o favorecer el uso del tradicional “carrito de la compra”, reduciendo así el consumo de toda bolsa.
Esto me lleva a pensar que realmente lo que necesita nuestra sociedad es una educación ambiental mucho más intensiva. No olvidemos los tres principios del reciclaje: reducir, reutilizar y reciclar. El primer principio es REDUCIR, y ahí tenemos los ciudadanos la sartén por el mango. Está muy bien que se sustituyan unas bolsas perjudiciales para el medio ambiente por otras que no lo son, pero si seguimos eliminándolas de la misma manera no atajamos el problema desde el origen, pues el problema lo tiene la persona y no el residuo.
Irene Alonso Peregrina, Responsable del área de Medio Ambiente y Calidad de EUDE, Escuela Europea de Dirección y Empresa (www.eude.es)
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